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Los iconos

 

Bellezas de la fe

 

1. Desde la Biblia

Icono significa imagen. Todos podemos ser imagen de algo o, mejor, de alguien. Dios nos hizo a su imagen (Gn 1,26-27). Los iconos son una manera de expresar y transmitir la Vida de Dios en nosotros dentro de la comunidad eclesial.

Ser imagen de Dios es llevar vivo el misterio de lo trascendente en la propia persona. San Pablo dijo que Cristo es el Icono de Dios. Es decir, Cristo es la viva presencia del Dios invisible (2Cor 4,4). Como Cristo vivió, sirvió y amó, así mismo es Dios. Y el creyente cristiano está llamado a llevar viva en su persona la imagen de Cristo para que el mundo crea y tenga vida verdadera. El Apóstol lo pudo proclamar: Es Cristo quien vive en mí. Todos podemos ser verdaderos iconos, imágenes no físicas sino espirituales de Dios viviendo como Jesús. Y como los colores dan matices y expresividad, Dios nos da sus carismas, a cada uno distintos, para que seamos iconos expresivos y ricos en matices para mostrar la Belleza de Dios. Los colores y letras de los iconos significan algún matiz concreto de la fe. En Cristo se dejó ver en toda su Grandeza y Amor misericordioso. Y eso ha de continuar en nosotros: para eso nos dejó el vigor de su espíritu.

Los iconos son, por tanto, la expresión de la belleza y maravilla de la fe cristiana. Todo el mundo entiende el lenguaje del amor: los iconos son el lenguaje continuado del amor de Dios: Tratan de reproducir las propuestas de amor que Dios ofrece al hombre, tal como las captaron los primeros testigos de Jesucristo y tal como las vivían las primeras comunidades cristianas. A los judíos les estaba prohibido hacer imágenes de Dios, porque sería rebajar al Dios soberano. Pero Dios mismo se rebajó, se vació de sí mismo y asumió nuestra humanidad. Y en Cristo mostró toda su Belleza. .

2. Esencias de la fe cristiana

Los iconos son, pues, vivencias de fe, representadas en pintura sobre tabla generalmente, con una técnica y unos cánones precisos. Por así decir, no se puede inventar iconos, porque son el cofre donde se contiene bien guardada la fe de la Iglesia desde el principio, y la fe no se inventa. El iconógrafo es una persona que celebra su fe en la comunidad y, con su arte, plasma esa Vida en tablas, que la Iglesia acepta como expresión genuina del evangelio. A veces los iconos no son artísticos desde el punto de vista técnico, pero siempre contienen aquello que celebra el Pueblo de Dios, son la confesión de la fe de la Iglesia en Cristo, en María, los santos, o en los misterios bíblicos que han de transformar la vida del creyente. Y también hay iconos que son cumbres de arte y de teología. Pero los iconos no son para verlos en una pared de iglesia o museo, sino elementos de la liturgia que transmiten las esencias de la Vida de Jesús. Son para entrar en contemplación de las honduras de Dios.

No son viñetas que ilustren la doctrina, sino luz brillante que permite contemplar la Vida Eterna para provocar la sed de lo divino.

A través de ellos, como por una ventana, te asomas al cielo sin alejarte de la tierra. El fondo dorado que los caracteriza es la luz divina de donde emerge el misterio sacro que se te ofrece para alimento de tu caminar. Como Cristo hablaba para las gentes sencillas, el icono es un lenguaje sencillo sobre contenidos divinos que todos pueden vivir. Basta pararse ante el icono, callar, escuchar y aprender. Con ellos se celebra la fe en medio de la comunidad porque son como esquemas catequéticos con los que se proclama y se vive la fe. Son algo así como los dogmas de la fe: contenidos de fe firmes que la comunidad celebra. Por eso los iconos están al servicio de la celebración y son patrimonio de la Iglesia cuando han sido aceptados por la misma. Los iconos son algo sacro y significan lo santo. El pueblo los lleva a casa, a sus viajes, como continuación de esa fe celebrada en comunidad de forma solemne. Pero no son la piedad o la devoción exclusivista, sino la fe continuada.

3. Belleza de la comunidad cristiana

Como queda dicho, los iconos surgen de la celebración de la fe en la Liturgia. No son fruto de la fantasía creativa de un artista. Siguen unos cánones que nacen de la fe. Y por lo mismo, los iconos son también la experiencia de la fe de la Iglesia. A través de ellos, el fiel se adentra en la experiencia evangélica que el iconógrafo ha vivido. Este ha de ser una persona de auténtica experiencia de Dios que plasmará en pintura el misterio que le envuelve. Los iconos envuelven en su luz santa a quien los contempla, a quien canta, a quien ora, a quien celebra al Resucitado. Y como la lectura repetida del evangelio, un icono contemplado en las celebraciones logra que el fiel se adentre en la comprensión vivencial del Misterio: son inagotables porque en ellos radican las resonancias del Espíritu cristiano de la comunidad. Nunca se firman, son propiedad del servicio de la fe.

Esto nos lleva a afirmar que el icono es algo eclesial, comunitario y nos introduce en la comprensión de la comunión de los santos: la luz que un fiel percibe es de todos y da vida a todos.

El iconógrafo es el que escribe iconos: se leen y se (ad)miran, y mientras prepara las tablas con atención y delicadeza, sin prisas, intuyendo de qué van a ser portadoras, pasa varias horas en oración contemplando el misterio antes de tomar los pinceles cada día. Y no tiene nunca un modelo a reproducir: sólo la luz de su vivencia. Los iconos ofrecen la Acción de Cristo, María, los Santos, (mejor o peor pintadas) que transmiten un programa de vida para el creyente sin caer en sentimentalismos estériles. Los iconos no son bonitos ni feos, como Jesucristo, que no es ni bonito ni feo sino el salvador portador del vivir de Dios. Son siempre bellos, a pesar de sus rasgos a veces duros, porque la vida de Dios es la Belleza que el Pueblo de Dios tiene como herencia incomparable. Son la Sabiduría de Dios: ni se le comparan las joyas.

Esta expresividad de la fe en rasgos pictóricos es lo que llamamos la Belleza de la Comunidad creyente. Esta no consiste en el mayor o menor grado artístico sino en la capacidad comunicativa e iluminadora de esos rasgos que trascienden todo y te introducen en el mensaje del icono. Desde estas realidades nace, se alimenta y crece la Belleza de cada Iglesia: de la vivencia expresada y contemplada nace el brillo de la fe de cada Iglesia; el pueblo de Dios adquiere rasgos propios de belleza espiritual que poco a poco embellecen la Iglesia universal. Así, el amor a la Madre de Jesús como corredentora surge de la contemplación de los preciosos iconos de María que guardan como un tesoro las intuiciones marianas de los grandes iconógrafos de María. En este sentido, los iconos son como el evangelio de la Iglesia oriental.

4. Caminos para la paz

Los iconos son un remanso para la paz. Hallarte ante un icono es hallarte en presencia de lo celeste como invitado a participar totalmente; es contemplar una belleza que es para ti. Ante el icono no puedes sentirte ajeno: La paz serena de los personajes se te contagia, y sin violencia te ves envuelto en el mensaje que el cielo te propone para vivir tu vida. La Paz interior te llena y sin esfuerzo entras en la oración: Tu espíritu sintoniza con el mensaje; callas, escuchas, contemplas y te encuentras con la Verdad. Te olvidas de pedir y todo se te da. Es preciso conocer algo el lenguaje icónico: los iconos son palabras vivas. Pero no hace falta ser un experto, como lo muestra la experiencia del pueblo cristiano oriental. Basta estar disponible para ver, leer y escuchar interiormente, y el icono contemplado te implica cada vez a más. Es como una voz del Espíritu que te instruye y te transforma.

La oración ante los iconos no requiere especiales espacios. Cualquier rinconcito es válido en tu casa o en la naturaleza. Es costumbre colocar unas velitas delante, alguna flor o planta pequeña, que te ayuden a centrarte en el misterio. Pero sí es totalmente necesario el silencio ambiental y la ausencia de prisas. Te basta leer el pasaje evangélico evocado por el icono y dejar que todo resuene dentro de ti: Eres un invitado y todo el misterio es para ti. Pero eres un invitado del cielo. Para no perder esta paz los fieles tenían los iconos en sus casas y los llevaban consigo en los viajes, para hacer su oración al caer la tarde a antes de amanecer. Los iconos eran la elegancia del hogar y los fieles compañeros de viaje. Por eso el tamaño de los iconos es muy variado, para poder trasportarlos con más facilidad.

Orar ante el icono de la Trinidad (I)

 

Dios, vivo hasta la muerte

Cuando entras en un templo, haces silencio, contemplas la luz envolvente y la respiras. Lo mismo ante este icono. Estás dentro de un templo: mira la luz de este icono, capta todo lo que hay dentro, despacio… y respira con tu espíritu… deja que tu cuerpo y tu mente se relaje, suéltate… mira más.

Abre, Señor, mis ojos para que vea tu luz

Este icono lo escribió (pintó) San Andrés Rublev en el espíritu del monasterio de san Sergio. Este santo abad vivió las grandes divisiones y luchas dentro de la Iglesia y fundó su monasterio en 1400 con la intención de ser un signo de comunión, diálogo y paz al modo de la Trinidad Santa. San Andrés Rublev vivió esa espiritualidad y la plasmó en este icono. Oraba…

Señor mío, Te veo todo un Dios volcado hacia el hombre, unido en una misma acción para liberar a tus hijos de la división, de los desprecios y descalificaciones mutuas en tu Iglesia mía… Jesucristo tu hijo y mi Señor quiso reunir a todos los hombres en el amor y perdón, y también sufrió desprecios y divisiones… Y San Pablo vivió esto mismo entre los corintios… Señor, ¿por qué somos así, si Tú eres comunión, acogida, paz?

Aquel monje se sumergía en esta meditación y contemplaba la unión y la concordia de Dios… su bondad infinita con el hombre… Tú también: si sólo pararas un poco tus prisas y vértigos, este mismo Dios te sorprendería con su calma y su diálogo sosegado… Todo, en este icono lo mide el amor que bulle en el corazón mismo de Dios. Si te remansaras, bendecirías a Dios con tu humilde amor…

En este icono, este Dios total aparece como un Diálogo circunferencial, nunca roto, sin fisuras, expresado en las actitudes de las tres figuras mediante los gestos del rostro, el cuerpo o las manos: La divinidad está abierta a la vida del hombre mediante la encarnación divina; es el compromiso entrañable total: como el de un Padre que ama, o como el de un Hijo que apoya el plan del Padre o como un aire, un Espíritu o una alegre vitalidad que respiran al actuar: Es el plan de la Redención… un amor nunca roto. Así es Dios, así nos ama. En este icono se contemplan los tres grandes misterios de la fe: La Trinidad de Amor (tres, plenitud de ser: así es Dios), la Encarnación de salvación (cercanía de comunión) y la Redención de fidelidad hasta la muerte y resurrección (compromiso total). Piensa que el hombre está hecho a imagen de Dios, y esto significa que podemos ser como es Dios en esas tres dimensiones entre los hermanos.

Señor, te veo tan grande en amor y luz… pero no te apartes de mí por mis oscuridades porque eres cercanía, y ábreme a la luz del alma para que me sumerja en la hermosura de tu proyecto para el hombre… que yo pueda acompañar a ese Hijo obediente en la recuperación de la unidad entre todos nosotros… lléname de espíritu bueno, como Jesús.

Adéntrate en el mensaje del icono: Tres figuras iguales, con alas porque no vienen de la tierra sino del mundo divino, van de camino, con bastones de la misma dignidad anunciando Algo Bueno: El Padre en el centro, con la estola de la autoridad, vuelto hacia el Hijo, a nuestra derecha, le propone el proyecto de salvación, significado en el cáliz y señalado con su diestra: la entrega total de la vida por amor fiel. El Padre mira al mismo tiempo al Espíritu Santo, a nuestra izquierda, y le encomienda que sea la fuerza y el vigor de esa tarea: El Espíritu Santo mira al Hijo en señal de apoyo a la Causa del Padre y con la mano bendice la obra que ha de realizar el Hijo, El cáliz. El Hijo reposa los ojos en el Cáliz y acepta el encargo del Padre, con la mano junto al Cáliz, confiado en el Espíritu. Aunque en el icono no se aprecia, dentro del Cáliz se refleja el rostro del Hijo, la “Santa Faz”, y significa que la Gran Acción misionera supone la Encarnación del Hijo de Dios, haciéndose hombre, aprendiendo el lenguaje humano, para poder retomar el diálogo vivo y humano con el hombre… que ha perdido la Palabra. Este diálogo de Dios, nunca roto, a favor del hombre, es la esencia de toda Misión evangélica con el vigor y amor del Dios Total, Padre, Hijo y Espíritu.: Dios no rompe el diálogo ni la esperanza con el hombre… una sola copa con el mismo contenido, sobre un altar, sede de la alianza nueva, del sacrificio o entrega. Vienen descalzos porque esta obra se realizará sin apoyaturas humanas, sólo con la desnudez de la encarnación. El Padre con túnica roja, color signo de lo divino, va con la estola de autoridad y vestido de azul signo de la sabiduría divina. Detrás de Él hay un árbol, el árbol de la vida, que solo Dios tiene y puede tocar (Gen 2, 17). Detrás del Hijo hay una roca que se precipita, y recuerda la profecía de Daniel que anuncia un reino que no tendrá fin (Daniel 2, 31-35 y 2, 44ss) y que lo heredará el Mesías (Lc 1, 33). Va vestido de azul como Palabra y Sabiduría encarnada del Padre, y de verde como señal de esperanza. El Espíritu lleva túnica azul, signo de la sabiduría que inspirará al hijo la maravilla de la vida eterna y de manto multicolor como el dador de todos los diversos carismas. Detrás de Él hay un templo porque propicia el encuentro de Dios y Jesús encarnado, o del hombre y Dios, como en un templo. Las tres figuras son iguales en su esencia y amor.

Señor, Dios de la sabiduría: veo que todo Tú eres una maravilla de saber amoroso, que todo lo planificas para que yo logre mi plenificación en comunión con mis hermanos… Quiero ofrecerte mi veneración y mi agradecimiento. Dios mío, te acepto como mi Dios del diálogo, que ves en mí la recuperación. No miras mis fallos y decaimientos sino que me amas y me levantas. Ante mi hermano que falla, Tú eres bueno, compasivo y paciente… siempre esperas. Gracias por las promesas que se cumplen a raudales de amor en Jesucristo.
Dios mío, ante tu sabiduría, yo quiero escuchar y aprender a vivir. Jesucristo es tu Palabra creadora que está presente con nosotros y nos muestra tu amor. El es tu Vida, la entrega total. Quiero vivir esa vida de Jesús, quiero escuchar más y más sus Palabras de Vida eterna. ¿A dónde iré si no es a Él? ¿Dónde encontraré la paz y el remanso? ¿A quién si no a Él tendré como criterio de veracidad para amar?
Quiero meditar en tu palabra cuando Jesucristo me llama amigo y me hace partícipe de todo el proyecto de liberación para que le ayude y sea testigo suyo en medio del mundo…
Habla, Señor, que quiero escucharte. “Déjame oír tu voz, que tu palabra resuene en mi interior… acalla mi alma y llénala de ti…”.
Voy a leer Jn 15 entero y me callo para escuchar el latido de la Palabra de Jesús…

Orar ante el icono de la Trinidad (II)

 

Dios, paz sin prisas

Otra vez más estás ante este templo de Luz, el icono trinitario. Y haces silencio y dejas que Dios se haga evidente, porque lo necesitas… porque lo amas y deseas vivir la Verdad que te hace libre. (Jn 8, 31-32).

Este icono es provocador… es una maravilla de equilibrio pictórico, pero es sobre todo una cumbre de sabiduría evangélica: al mirarlo despacio, te envuelve en su luz interior, en la calma de Dios Trino y total, en la actitud de escucha que hay en este misterio de Dios que crea de nuevo la Vida de Comunión para el hombre desunido… El iconógrafo no lo pintó de buenas a primeras, sino después de muchos días y de muchas horas de comunión con su Dios y de escucha de su Palabra… Por eso este icono te provoca a hacer silencio, te sorprende en su dulzura, te capta en su misterio y no te quieres apartar de su encanto.

- Señor, un rato en tu presencia, vale más horas de duro trabajo o de vértigo afanoso… Siento que tú me hablas… y no entiendo, porque mi mente está turbia como aguas con lodo… pero yo quiero abrir mi fe a todo tu gran desbordamiento de amor, y que tu Luz me inunde como las aguas del mar. Tu grandeza, Dios mío, me abruma pero no me humilla ni me anula… no, me siento envuelto por tu hechizo creador y tengo ganas de vivir en tu ambiente de vida nueva. Noto que, en tu presencia, valgo la pena para ti porque me das la mano para que me levante y emprenda el camino hacia Ti; tu Hijo querido se mete entre mis lodos y me saca a caminos limpios y ciertos… El me da la Verdad y el ánimo. Pero por fin, me doy cuenta que soy tartamudo para hablarte, y es mejor que crezcas en mí aunque no te entienda… mejor será que sienta que vives en mí, mejor será que me cautives para vivir la libertad de entenderme en Ti como en mi espacio natural…

Si vivieras en esta actitud de paz, de quietud al caer la tarde o al comenzar el día a pesar del frenético ir y venir diario, si por un instante acallaras tus monólogos estériles y tus angustias y ansiedades, tu corazón se volvería como los ojos de un niño. Expresarías respeto y apoyo a ti mismo porque vales mucho para el Señor; acogerías las propuestas del Padre y te afianzarías en Jesús y en su Espíritu.

- Señor de la Vida, al contemplar este icono te veo como un océano que no puedo atravesar… pero te intuyo que mi vida es acoger tu Redención como amor exquisito que Tú me das en Jesucristo que acoge tu palabra y la pone en obra por amor a mí… Veo que acepta el cáliz con obediencia de puro brindis conmigo: Te obedece con amor brindando por mí, por mis hermanos… Aprendo a darte gracias sin palabras…

Procura fijarte en la mirada de las tres figuras: es un pleno confiar y ofrecer asentimiento a la propuesta del Padre, la Vida para el hombre; puedes palpar la ternura inagotable de Dios que nunca rompe su esperanza en los hombres; y es también un gozoso acoger la propuesta, aceptar el cáliz con su mano, porque el amor del Hijo brota de sentirse amor del Padre con la vigor audaz del Espíritu Santo… Los tres se identifican en el plan de salvación, y por ello aparecen iguales en rostro, en ademanes y en gestos… Ojalá intuyeras la comunión de Dios y la invitación para ti… No te quedes en la pintura: intuye y lee bien lo que está escrito en la pintura.

- Señor, quiero acoger tu salvación, dejar que Tú me quieras y me llames tu amigo sin merecerlo; todo lo acepto como hijo tuyo… así lo veo en Jesucristo que nos dice que su vida y deseo es hacer tu Voluntad. No puedo entender que la vida sea sólo el gusto de los sentidos, sino el esfuerzo y la abnegación… veo ese cáliz que significa encarnarme en la vida de amor y generosidad, que me llevarán al sacrificio y muerte de mis vanidades, al igual que hizo Jesús. Recuerdo lo que me dice el apóstol en Fil 2, 3-11.

Si te quedaras en puro silencio interior y te metieras en la celebración que hacía ante este icono la comunidad del Monasterio de San Andrés Rublev, enseguida te resonaría el diálogo entre las tres figuras recogido en el evangelio de Juan:

“He visto al Espíritu que bajaba como paloma (gloria de Yahvéh) y se quedaba sobre Él y doy testimonio de que es el elegido de Dios” (Jn 1, 32…) La tarea de Jesús se realiza con el calor del Espíritu… Jesús es fuerte y vence al mal (Gn 3, 15 y Mt, 4, 1-11). Y es así porque el Espíritu está sobre Él (Lc 4, 16-21). ¿Y si tú te unieras a esta lucha contra el mal guiado por el espíritu…?

“El Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que El hace” (Jn 5, 20). Vuélvete al Padre y contempla como muestra al hijo la misión de la salvación. Intuye cómo Jesús se siente el amor puro del Padre y lo expresa en su vida… Por eso el Hijo dará su vida. El valor de la vida es sentirse amado antes que amar y corresponder con fidelidad, así uno es humilde y verdadero.

“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me ha enviado y que lleve a cabo su obra” (Jn 4, 34). Jesús no descansaba ni para comer -junto al pozo de Jacob con la Samaritana-. Mejor, su vivir era que sus Palabras y sus acciones dieran vida a los desanimados y calmaran la sed a los sedientos… llevar a cabo la obra del Padre.

- Gracias, Dios de todos nosotros, por ser así, inmensamente así, y más agradecido porque me invitas a este modo de vivir: que mis acciones y palabras den vida a otros por amor a Ti.

“La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6, 29) “El Padre que me ha enviado da testimonio de mí” (Jn 8,18). “Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). Lucas nos transmite la experiencia de Jesús en el bautismo y al comenzar y en medio de su predicación: “Tú eres mi Hijo…” Lo mismo Mateo y Marcos: Mi hijo predilecto… escuchadle”.

Sabes que vales tanto para Dios, tu Padre, que no duda en mostrarte a su Hijo sin reserva alguna. Busca sus palabras de vida. San Pablo decía: “Me amó y se entregó por mí…” Tú eres hijo predilecto de Dios y su Espíritu está en tu corazón para que seas feliz… Tienes un hogar a donde ir: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Podrías sentirte invitado a proclamar, como un himno, el pasaje de Efesios 1, 3-14. Es igual que un pregón de fiestas; en efecto, este es el himno de las Fiestas de la Magnanimidad de Dios, Padre entrañable de Nuestro señor Jesucristo. Mírate en medio de los que celebran su fe y bendicen al Señor de los siglos y de las generaciones. Pero no vayas deprisa… Proclama en silencio.

Orar ante el icono de la Trinidad (y III)

 

 

Dios en éxodo y misión

El camino de la libertad pasa por la liberación de todos nuestros amarres y lastres… esa liberación acontece en el desierto, a solas con Dios, el Dios de lo grande y esforzado… En este icono vemos a Dios que sale en éxodo buscando la libertad del hombre… camina con él, le acompaña y le da el alimento… pero también le exige fidelidad porque Él es fiel a la tarea…

Los bastones de las tres figuras son señal de que vienen como mensajeros de la Buena noticia… en otros iconos se habla de la noticia del nacimiento de Isaac… aquí el iconógrafo nos habla del Hijo que ha nacido, que se nos dado, que se ha encarnado y que será guía y pastor de Israel dando su vida por el Pueblo. (Is 9, 1-6 y Lc 2, 10-11).

Los tres están en Misión. Esta Misión la realiza el Hijo con el amor del Padre y el estilo del Espíritu… la Misión de la Iglesia sólo es llevar las buenas noticias del amor de Dios al hombre, a todos los rincones de la tierra.

- ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu vida, tu modo de ser con nosotros! Tengo ganas de mostrarte mi agradecimiento… querría tomar un instrumento y bendecirte… Tu vivir no es una aventura, ni un juego… No te vienes con nosotros de turismo, sino a vivir con gozo la experiencia humana, a meterte en nuestras chabolas, las chozas del pobre amor, de las infidelidades y mentiras, de los malos ambientes de odio y desprecio…los abandonos, pero también a disfrutar con los sencillos y humildes, con las riquezas del corazón de los pobres buenos y el amor fiel de los esforzados. Con todos vas a morar… Veo cómo en esa mirada tan plural lo acoges todo con esperanza. Lo tuyo es la vida fiel y comprometida hasta la muerte. Ahí veo el cáliz de la Pasión y del compromiso generoso y resucitador…
Y no vienes por una temporada… Te vas a quedar encarnado en nuestras personas, te vas a hacer presente a todos a lo largo de los siglos en nuestro amor y servicio, si te seguimos. Vas a contar con nosotros para esa Misión de salvación que nace de tu corazón de Dios… Nos la confiarás y nos darás también tu Espíritu como luz y sendero… Esto es maravilloso y me inunda la alegría… Gracias…

Cuando comulgas con Jesús en la eucaristía, estás en comunión con el misterio del Dios misionero, estás renovando tu compromiso con el proyecto de Dios para dar comunión divina al hombre desunido y roto. Te sientas en la misma mesa de Dios, la que intuyes en el icono, en la que ha sido trazado el proyecto divino de salvación, y bebes del mismo cáliz de Dios… ves el rostro de Jesús en esa copa santa llena de vida y te sale de dentro la oración de Jesús:

- “Santificado sea tu proyecto, Señor, vamos a realizar juntos tu voluntad, para que venga tu Reinado de paz interior y de comunión en tu amor… Bendito seas, Dios mío, ¿cómo no voy a desear levantar la copa santa de tu Hijo y brindar por Ti, Padre de la vida? Deseo beber de esa copa, como invitó Jesús a sus discípulos cuando le pedían puestos de poder, esa copa que es servicio humilde, como en la última cena… Deseo ser servidor de tu causa… (Mc 10,35-45 y 14, 22-25).

Si dentro de ti mismo, con tu poder de fe, estuvieras en comunión de plegaria y de bendición con otros que oran como tu ante este icono, para ser comunidad misionera, todo tu espíritu se llenaría del mismo gozo que tenía Jesús al sembrar la palabra después de orar.

Si te introduces en este icono, a solas, podrás vislumbrar nítidamente el sereno optimismo divino, el sentido positivo ante toda realidad, aunque sea negativa o de pecado. ¿No descubres que tú tienes siempre una puerta abierta porque Dios busca caminos de llegada, que siempre tiene paciencia, y te espera con atención para hacer una fiesta cuando llegues, para llenarte de su amor, el mismo amor que puso cuando te creó para que fuera feliz? Si captaras estas fibras de Dios Total, brotaría en ti un amor incansable y optimista; te llenarías de paciencia contigo y con otros y verías posibilidades de recuperación en todo sin condenar a nadie, ni abandonar la tarea de hacer feliz al hombre, porque esto mismo es la causa de Dios, el objetivo de todo su quehacer. “El amor es paciente, es servicial, no es altivo ni soberbio, es educado, no se irrita ni lleva cuentas del mal, todo lo excusa, todo lo espera y todo lo aguanta“. (1Cor 13, 4ss). Y así fue Jesús que desde la cruz supo excusar a los que le estaban matando (Lc 23, 34). ¿No te da envidia sana? San Clemente, misionero redentorista estaba comprometido con los pobres huérfanos y buscaba alimento para ellos. El mismo pedía limosna por la ciudad, y entrando en una taberna se dirigió a un grupo de hombres pidiéndoles ayuda. Uno de ellos le escupió en la cara. Clemente, sin perder la calma, sacó un pañuelo, se limpió el rostro, y con una sonrisa amable dijo al que le había escupido: “Esto para mí, pero ¿qué puedes darme para mis huérfanos, para que coman hoy?”. Aquella paciencia y amor de Clemente hizo que aquel hombre se convirtiera en un gran colaborador de su causa.

Si te juntaras con otros para contemplar este icono y orar, os cautivaría el sentido de comunión, de escucha y respeto a la palabra y colaboración, y en definitiva el espíritu evangelizador por medio de un amor gratuito. Nada ni nadie sobra en este icono; no existe el absentismo, ni la indiferencia, sino que todo es pura implicación.

¡Qué dichoso te sientes al notar que estás dentro de este misterio salvador! Te gustaría participar en tu Iglesia sin rivalidad, en lo que sea, (Mt 20, 24ss), y sólo, porque amas al Maestro Jesús y a los hombres para que encuentren la felicidad.

Pero más que nada, si ante este icono callas sorprendido, te va a invadir el espíritu de adoración ante las propuestas de Dios y la decisión de dar todo para la causa del hombre, y ante la forma tan sorprendente de realizarlas. Y nunca tendrás prisa en la tarea, pero no perderás el tiempo. Tendrás serenidad para tomar decisiones, y buscarás tiempo para orar, y silencio para leer la Palabra y aprender. Se te dará paz interior para acometer la acción evangélica y paciencia para superar las dificultades. “El Espíritu os guiará a la verdad total” (Jn 16,13).

- Dios mío querido, grande y solemne, quiero reconocer y proclamar tu amor a mí… humildemente soy consciente de lo que significo para ti, Dios mío. Siendo tan extraordinario, qué sorpresa me llevo al verte tan humilde cerca de nosotros, humanizado… qué sudoroso y sencillo te veo junto a mí para que juntos demos la alegría a los hombres. Cuando veo que he perdido las fuerzas de vivir, sólo puedo clamarte agradecido que seas misericordioso conmigo, que me des un espíritu nuevo de humildad y de amor para ponerme a tu servicio… dame también el arte de poder mostrar a otros cómo eres con tus hijos, cómo los llenas de tu gracia y cómo te sientas a la mesa con ellos porque son hijos tuyos…

 

 

Orar ante la Virgen de la Ternura

 

Vladimir (Moscú)

¿Sabías que la Maternidad divina es un dogma para la fe cristiana? Dogma significa una verdad que el Pueblo cristiano cree y celebra para activar su vivir de cada día. Por eso, ¿sabías que la maternidad de María no es sólo algo suyo personal, sino también un programa de vida para el creyente?

Mira despacio este icono: es la virgen de la Ternura, del siglo XII; contempla la serenidad de la Madre… la dulzura del niño… la belleza de la escena: la Madre sostiene con una mano al niño. Observa cómo éste juguetea con ella acariciándola con sus manitas por delante y por detrás del cuello, mientras pone su rostro en la mejilla de la madre y sopla sobre su nariz; es el soplo de la nueva maternidad. En la primera creación Dios infundió en el barro su soplo divino y surgió el hombre de espíritu. Ahora Dios, el Niño, sopla sobre María y la hace Madre de Dios: “El Espíritu vendrá sobre ti y nacerá de ti lo Sacrosanto, el Hijo de Dios”. Ésta es la nueva creación. La otra mano de María dirigida hacia el Niño crea un espacio de intimidad y cercanía y nos invita a entrar en él para “renacer de nuevo” en Jesús, que es el espacio único e infinito para alcanzar esa plenitud humana que Cristo ofrece. Hasta ese Hijo de la vida se han de encaminar nuestros pasos.

La Madre tiene sumida la mirada en la contemplación del Misterio de su Hijo; no está triste, ni se distrae con nadie… nos invita a adentrarnos en este Misterio. Asómate a través de este icono para ver el Misterio de la Maternidad divina: Dios se hace hijo de la humanidad, sin ventajas ni privilegios antes bien, asumiendo toda tristeza humana. Y se hace cercano y prójimo del hombre a través de esa mujer cercana y humilde que es ensalzada al servicio de ser Madre del Rey Mesías. Así la vio la primera comunidad. Su Hijo está vestido como príncipe heredero del Reino que no tendrá fin y nosotros heredaremos.

Este misterio de amor es un programa para ti. ¿También yo puedo participar de esta maternidad? ¿También yo puedo hacer nacer a Dios? ¡Si tan sólo te dejaras tocar por Dios…! María representa a toda la humanidad, te representa a ti: si el ser humano se deja tocar y acariciar por Dios, Dios le insufla un aliento de vida tal que puede hacer brotar en sí y en su entorno la Vida de Dios y lograr que Dios nazca en el corazón de los hombres… A María la tocó, y la hizo Madre de Dios. Éste es el significado de las letras griegas MR y ZY a ambos lados del icono: Madre de Dios. Los iconos son, como éste, caminos para la fe, para llegar a lo trascendente, para realizar el proyecto de Dios: dejarte tocar por Dios… es decir, dejarle hacer a Él en ti, con la ayuda del Espíritu, para que seas la cuna de Dios.

Oh Dios, Tú infundiste en el barro tu aliento divino y nos hiciste hombres… Si Tú infundieras en nuestro corazón el Soplo de tu Espíritu podríamos transformarnos en cuna donde Tú nacieras… y muchos verían tu rostro de amor. Enséñanos a dejarnos tocar por la mano creadora de tu Hijo Jesús.

Santa María de la ternura de Dios, ruega por nosotros para que nos pongamos en manos de Dios y hagamos lo que Jesús nos diga.

Amén.

 

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