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maria, la virgen de la escucha y la contemplacion

 

UN CUERPO – 06:  MARÍA
 

“Encomiendo a María, la Virgen de la escucha y la contemplación, la primera discípula de su amado Hijo, este Año de la Vida Consagrada. A ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la gracia, nos dirigimos como modelo incomparable de seguimiento en el amor a Dios y en el servicio al prójimo”.  Son palabras del Papa Francisco en su Carta Apostólica “A todos los Consagrados”, con motivo del Año de la Vida Consagrada (21 de Noviembre, 2014).

 
Al celebrar el Jubileo de nuestro icono, recordemos que éste es el Año dedicado a la Vida Consagrada en la Iglesia. En esta edición del Boletín “UN CUERPO” reflexionamos sobre María. Nos preguntamos: ¿qué papel juega María en nuestra vida, nuestra misión, nuestra espiritualidad? ¿Cuál es nuestra relación personal con ella? Jesús preguntó a sus discípulos: ¿quién decís que soy yo?  Podríamos también, quizá, hacernos una pregunta similar: ¿Quién es María y qué significa ella para nosotros?  ¿Es alguien a quien intelectualmente reconocemos y loamos, pero que permanece personalmente distante? ¿Es nuestra relación con ella basada principalmente en los sentimientos? ¿Es ella simplemente un accesorio espiritual, una “opción extra”, un añadido, o María constituye realmente una parte esencial en la vivencia de nuestra espiritualidad?
 
Maria
Elizabeth Johnson dice que hoy en día afrontamos el reto de desarrollar y promover una interpretación del papel de María, para el siglo XXI, que sea teológicamente sólida, fecunda desde el punto de vista ecuménico, espiritualmente auténtica, éticamente desafiante y socialmente liberadora.  ¿Cuál es entonces su importancia en el misterio de la bondadosa gracia de Dios? ¿El hecho de recordar a María marca alguna diferencia, en la vida de la Iglesia y la sociedad? ¿Qué diferencia?
 
Los Redentoristas hemos recibido de nuestro fundador San Alfonso y los primeros cohermanos una gran tradición y un fuerte amor a María. Ellos han subrayado el papel y la importancia de María en nuestra vida y misión. En esto se destaca que, para nosotros, María es nuestra esperanza y modelo de vida.
 
Algunos de los primeros escritos de Alfonso fueron dedicados a la Santísima Virgen María. Sus “Visitas al Santísimo Sacramento” (1748), incluían también una breve visita a María. Una de las principales obras de Alfonso fue “Las Glorias de María” (1750). Como él mismo lo indica, la primera parte de “Las Glorias de María” está organizada como un comentario sobre la  “Salve Regina” o “Dios te salve, Reina.” En la segunda parte, trata las principales fiestas de María, sus dolores, sus virtudes heroicas y las tradicionales devociones en su honor. Incluye también, finalmente, algunos relatos seleccionados para servir como ejemplos.
 
El Papa Francisco, dejando de lado su texto y hablando libremente al clero y religiosos consagrados de Nápoles el 21 de marzo de 2015, comentó improvisadamente:  “El Cardenal (Crescenzio Sepe) me dio un libro de San Alfonso María de Ligorio, llamado “Las Glorias de María” …. De este libro, me gusta leer las historias, los relatos sobre nuestra Señora, que se encuentran al final de cada uno de los capítulos: los casos narrados muestran cómo nuestra Señora siempre nos lleva a Jesús. Ella es la madre. Su maternidad, el hecho de ser madre, constituye el centro de su ser, y ella es la que da a luz a Jesús”.
 
Detrás de las obras de Alfonso, hay toda una vida de relación personal con María. Al elegir establecer una Mariología a partir de la “Salve Regina”, Alfonso hace una clara opción teológica contra el pesimismo Jansenista sobre la salvación, contra una actitud elitista hacia la piedad popular, contra el individualismo espiritual. Alfonso destaca el papel de María como “Spes Nostra” (Esperanza nuestra). El núcleo teológico de “Las Glorias de María” reside en la frecuente afirmación de Alfonso que, en la Santísima Virgen María, el poder de Dios se encuentra con la compasión de Dios; que María no sólo siente una gran ternura hacia nosotros, sino que por voluntad de Dios ella también tiene el poder de ayudarnos. Éste es un mensaje especialmente liberador y lleno de esperanza para los pobres ya que, según su experiencia, en general los que los aman pueden hacer muy poco por ellos, y los que tienen el poder de ayudarlos no están realmente interesados en hacerlo.
 
El genio apostólico de Alfonso consistió en su habilidad para usar la piedad popular de los pobres de Nápoles, del siglo XVIII, incorporándolos así más plenamente a la vida de la Iglesia y enseñándoles una espiritualidad más integral. Alfonso proclamó la bondad de Dios que se manifiesta a través del testimonio y el ejemplo de María, señal de esperanza.
 
Luz para mis pasos es Tu Palabra
 
El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica “Vita Consecrata” (1996), presenta a la Virgen María como modelo de consagración y seguimiento. El párrafo N. 28 afirma: “En efecto, María es ejemplo sublime de perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios”. La vida consagrada la considera “sublime modelo de consagración” al Padre, de unión con el Hijo y apertura al Espíritu, consciente de que aceptar el estilo de vida “virginal y humilde” de Cristo también significa imitar el estilo de vida de María.
 
“Ahí tienes a tu madre!” (Jn 19,27): esas palabras de Jesús al discípulo “a quien amaba” (Jn 19,26) son particularmente significativas para las personas consagradas. Al igual que Juan, nosotros también estamos llamados a llevar a la Santísima Virgen María con nosotros (cf. Jn 19,27), amándola e imitándola en la forma radical que nuestra vocación exige.  A su vez, ¿cómo experimentamos su especial amor materno? ¿De qué manera ella es, para nosotros, modelo y testigo?  Además, siguiendo las palabras de la “Salve Regina”, ¿De qué manera experimentamos a María como “dulzura y esperanza nuestra”?
 
 
Ante el Icono  
 
Se suele decir: “Cuando un niño tiene miedo, el niño corre hacia la madre. Cuando un niño está en peligro, la madre corre hacia el niño”. Ver que una madre corre a ayudar a su hijo, que se encuentra en peligro y golpeado por el miedo, es siempre motivo de amparo y esperanza.
 
El rostro del Niño Jesús en los brazos de su madre se vuelve y mira hacia arriba. La voluntad del Padre se Le revela por medio de los ángeles, quienes Le presentan los instrumentos de su pasión. En esto, Jesús compartió nuestras luchas humanas. Sus ojos miran hacia arriba, a lo lejos, hacia el Padre Celestial, de donde proviene el mensaje. Jesús tiene miedo, se asusta ante esta visión de la Pasión. Pero acepta la propuesta del Padre y busca ayuda en los brazos de su Madre.
 
María está al lado de su Hijo cuando lo ve frente a un peligro mortal. Ella no lo abandona. Se queda con Él hasta el final, cuando Él ya está en la Cruz. Su presencia silenciosa transmite ayuda y esperanza. María, nuestra Madre del Perpetuo Socorro, es alguien en quien podemos confiar.
 
Bebiendo de nuestro pozo
 
Alfonso dejó a la Congregación Redentorista una fuerte tradición de devoción Mariana. María fue designada patrona oficial del Instituto, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. En las misiones populares, los Redentoristas nunca omitieron el sermón sobre la Virgen María. La idea era anunciar la confianza y la esperanza que tenemos en la protección de nuestra Madre. Además, en sus Iglesias, todos los sábados, los Redentoristas tenían que predicar en honor de María. La formación de Cofradías Marianas era un elemento importante en la actividad pastoral redentorista. Alfonso permaneció fiel al rezo del rosario hasta el final de su vida. También usó su considerable habilidad musical y artística para propagar la devoción a María.
 
Una de las imágenes de María que Alfonso poseía y veneraba era titulada “La Divina Pastora”, obra de un artista desconocido. En esa imagen, María se muestra con el niño Jesús en su regazo. Ambos están vestidos con ropa de campesinos, inclusive con sombreros de paja. Al fondo, se ve la choza de un pastor y el niño Jesús se inclina del regazo de su madre para jugar con las ovejas. La pintura es una representación elocuente de la teología mariana de Alfonso. Un modo de mostrar que María era cercana a los pobres y a sus luchas. Y algo muy importante: Alfonso quería dejar a la gente una práctica devocional que les ayudara  a profundizar su conversión radical a Jesús Redentor.
 
El Icono de nuestra Madre del Perpetuo Socorro fue recibido en ese contexto y dentro de esa tradición. No fue un accidente sino, más bien, un acto de la Providencia. Podemos decir que María, bajo esta advocación, ha encontrado un hogar entre nosotros. El Icono y sus diversos elementos reafirman el carisma con el cual hemos sido bendecidos y resalta la “abundancia” (copiosa y perpetua) que nos ofrecen el Redentor y la intercesión de María.
 
Los Redentoristas somos llamados “cooperadores, socios y servidores de Jesucristo en la gran obra de la redención” (Const. 3). Esto es más evidente en María, la Madre del Redentor, nuestra Madre del Perpetuo Socorro. Ella es señal de consuelo, apoyo y esperanza.
 
 
Para concluir
 
Una de las canciones más populares compuestas por San Alfonso es “O Bella Mia Speranza”. Fue traducida a varios idiomas y es cantada en todo el mundo. Cantemos también nosotros:
 
OMPH
 
DULCISIMA ESPERANZA
 
Dulcísima esperanza, celeste amor, María.
Eres la vida mía, mi paz en la aflicción.
Cuando te llamo o pienso en ti mi gozo es tanto
que un amoroso encanto me roba el corazón.
 
Si una densa nube viene a turbar mi mente
se aleja apenas siente tu nombre pronunciar.
En este mar del mundo, eres un claro lucero
que a mi frágil velero, al puerto ha de guiar.
 
Bajo tu hermoso manto, Amada mía, Señora,
quiero pasar la vida, quiero morir al fin.
Que si logro la suerte, de abandonar el suelo,
amándote en el cielo, seré feliz por ti.
 
Extiende tus cadenas y mi corazón cautiva
que ha de ser mientras viva, tu prisionero fiel.
Por tanto, dulce reina, tuyo es mi amor, no mío,
mas a tu Jesús, confío, harás ofrenda de él.
 

Esta edición fue preparada por Juventius Andrade, CSsR – Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Traducción: Enrique López CSsR

un solo cuerpo: de hermanos

News-Pic

 

Desde el principio, los Hermanos Redentoristas han sido parte integral de los miembros de nuestra Congregación. En los últimos veinticinco años hemos visto cómo el número de Hermanos descendía significativamente acompañado de una muy desproporcionada relación entre las profesiones temporales de los candidatos que aspiraban al sacerdocio y de los que aspiraban a ser Hermano. Si miramos hoy a los miembros de nuestra Congregación desde un punto de vista estadístico según el número de Hermanos y de Sacerdotes, vemos el panorama desolador que se le presenta al futuro del Hermano Redentorista en la Congregación. Nuestras más recientes estadísticas indican que, de un total aproximado de 5 mil Redentoristas, tenemos tan sólo  cuatrocientos Hermanos con un promedio de edad, además, superior a los 60 años.

Cuando en ocasiones se habla del tema de los Hermanos, la conversación suele girar en torno a unas pocas  preguntas: ¿Necesitamos todavía Hermanos en la Congregación cuando justamente ahora nos estamos abriendo a la colaboración de los laicos y llegamos, a veces, incluso a contratar gente que haga el “trabajo” que solían hacer antes generalmente los Hermanos? ¿Debemos continuar aceptando candidatos a Hermano? ¿Cuál es la identidad del “Hermano” en la Congregación? Todas estas preguntas, y muchas más que se hacen sobre los Hermanos en la Congregación, son en sí mismas síntoma de otro problema mucho mayor que consiste en una errónea concepción de nuestra vocación como personas llamadas a vivir la vida consagrada. Dar una respuesta a cada una de estas preguntas puede ayudar a calmar la preocupación de algunos, a arrojar luz sobre determinadas incertidumbres, a clarificar ciertos equívocos o, incluso, a reforzar la opinión de quienes creen que ya no hay necesidad de Hermanos. Para abordar este interrogante hoy, hay que plantearse la cuestión de un modo  correcto, no haciéndose sólo una pregunta: ¿Qué significa ser Hermano Redentorista?, sino preguntándose también ¿Qué significa ser  Redentorista? Si somos capaces de dar una definición de lo que es ser Redentorista, podremos también, en consecuencia, definir qué significa ser Hermano Redentorista. En nuestras Constituciones y Estatutos se utiliza ya desde el principio la palabra Redentorista para referirse a los miembros de la Congregación.

“Para realizar esta misión en la Iglesia, la Con¬gregación reúne hermanos que, viviendo en común, constituyen un cuerpo misionero… Todos los redentoristas, movidos por el espíritu apostólico e imbuidos del celo del Fundador, fieles a la tradición marcada por sus antepasados y atentos a los signos de los tiempos…”  (Const. 2)

Así, para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista?, el primer sitio lógico al que acudir para buscar una respuesta se halla en nuestros documentos oficiales; ellos nos indican la idea fundamental para hallar la respuesta. La Constitución 20, que memorizamos durante nuestro noviciado, nos proporciona claramente el perfil de quienes son llamados a ser Redentoristas. Además, el último Capítulo General, estudiando los “signos de los tiempos” e intentando dar una respuesta apropiada a los desafíos que ellos representan, tomó algunas Decisiones con el fin de acelerar el proceso de  Reestructuración, ya en marcha desde hacía años. El XXIV Capítulo General expresó con el lema escogido cuál debía ser el enfoque que habría que dar a la misión hoy día: “Predicar el Evangelio siempre de manera nueva, renovada ESPERANZA, renovados CORAZONES y renovadas ESTRUCTURAS para la MISIÓN”. Este mismo Capítulo expresó también cuál era el perfil del Redentorista hoy. (cfr. Decisión Final, XXIV Capítulo General 2009).

Si los términos de estos documentos nos situaron en el recto camino para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista? podremos responder también, en consecuencia, a la pregunta ¿Quién es un Hermano Redentorista?

El Hermano Redentorista, como todos los Redentoristas, está llamado a vivir en comunidad formando un solo cuerpo misionero que continúe a Cristo Redentor. El Hermano ha salido del Pueblo de Dios y ha sido llamado a una vida de castidad, pobreza y obediencia. El Hermano se identifica con Cristo a fin de que la gente pueda reconocer en él  a alguien que vive para los demás. En cuanto Redentorista, es misionero, apóstol y profeta; evangeliza y se prepara personalmente para ser evangelizado por el  pueblo del que procede, especialmente por los pobres y más abandonados. El Hermano Redentorista se implica en diversidad de apostolados y de servicios que contribuyen, todos ellos, a la misión de la Congregación. Algunos de estos apostolados incluyen, aunque no exclusivamente, la pastoral de Santuarios, la pastoral juvenil, la predicación ocasional, la enseñanza, los medios de comunicación, la promoción vocacional, la pastoral extraordinaria de inmigrantes, la pastoral de mantenimiento, etc. Los profesos  Redentoristas son hombres llamados a continuar a Cristo Redentor; en consecuencia, el Hermano Redentorista es expresión viva de la vocación del laico consagrado llamado también a continuar a Cristo Redentor.

Luz para mis pasos es tu Palabra

Mt. 23: 1-12

Dedíquese un tiempo a leer en forma de oración este pasaje de la Escritura. Dejen que los oídos y los ojos de su mente escuchen atentamente cuanto ahí se dice y que contemplen cuanto ahí se describe. ¿No hemos convertido el mandamiento de Jesús sobre el amor a Dios y el mutuo amor entre nosotros en un conjunto de reglas, de ritos, de prácticas, de normas, convirtiéndonos así, también nosotros mismos, en los nuevos doctores de esa ley del amor? ¿No nos hemos convertido en una nueva “clase sacerdotal” para la que el sacerdocio es una especie de ascenso a un estatus social superior? “Todos vosotros sois hermanos” – dice Jesús en el versículo 8. En cuanto profesos Redentoristas, somos una Congregación de Hermanos y de Sacerdotes, ¿Nos comportamos en la comunidad con la actitud propia de quienes todos se sienten iguales? ¿Practicamos lo que predicamos? “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Ante el Icono 

Nos acercamos a la celebración del 150 Aniversario de la entrega a los Redentoristas del icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro (NSPS). Somos misioneros cuya razón de ser, la de todos conjuntamente, es la de ““seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como Él dijo de sí mismo: Me envió a anunciar la buena nueva a los pobres” (Const. 1). Somos afortunados de tener bajo nuestra custodia este milagroso Icono que es una de las ayudas más eficaces para la predicación de la Buena Nueva a los pobres.

Se dice que antes de pintar un icono, su autor se prepara mediante la oración, los actos de penitencia y el ayuno para impetrar la ayuda divina en la obra que sus manos están a punto de dar a luz. Un icono, más que una obra maestra de arte que  admirar, es una ventana que se abre ante nosotros hacia el cielo; nos pone en contacto con una historia de fe previamente vivida en la oración, con una historia destinada a ser compartida. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro es un estímulo visual que gradualmente nos invita a adentrarnos en la historia de nuestra Redención a través de la Palabra hecha carne, que pagó el precio de nuestra salvación, y a través de su Madre que, por la fe, dijo sí a la Palabra para que ésta se hiciera carne en ella, y que cuidó con suma ternura al Verbo Encarnado, su Hijo, hasta el momento de su muerte en Cruz. En el Icono, María nos dice: “puedes venir a mí cuando estés turbado,  cuando te sientas solo, con miedo; dime lo que sientes, aquello por lo que luchas. Yo te conduciré hasta Aquel que es Uno con el Padre”.

Cuando una historia atrapa nuestra imaginación, persiste en nosotros, y nos impulsa a compartir con los demás su contenido a fin de que también ellos puedan experimentar nuestros mismos sentimientos y emociones, esa historia se convierte en materia prima del actuar humano. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro tiene una historia extraordinaria que contar, una historia que, a través de los años, ha movido a millones de personas a actuar de forma verdaderamente humana, pero divinamente inspirada, amando a Dios y a los demás. Cuando nos situamos ante el Icono y releemos la historia, puede que lleguemos a emocionarnos como niños pequeños que quieren escuchar una y otra vez su cuento preferido. Que esta emoción nos impulse a relatar una y otra vez esta historia a todos los que conocemos, transmitiéndoles una experiencia que les ayude a nutrir su imaginación cristiana; y que nosotros sigamos esforzándonos por ser dignos  custodios de este extraordinario tesoro.

Bebiendo de nuestro propio pozo

Santi Raponi, reflexionando sobre los Hermanos Redentoristas al comienzo de nuestra Congregación, escribe: “En la primera Fundación de Scala, junto al Fundador y al pequeño grupo que lo acompañaba, nos encontramos a Vito Curzio, el primero entre los Hermanos Redentoristas. Esta presencia de un laico junto a los sacerdotes  probablemente no fue pensada o planeada por el Fundador, pero surgió de forma natural  en virtud de la tradición, sin subestimar, por supuesto, las circunstancias providenciales que llevaron a Vito Curzio a seguir a Alfonso. Desde el principio hasta nuestros días nos encontramos a laicos junto a los sacerdotes, ya sea en las clásicas Órdenes pre-tridentinas ya sea en los Institutos  post-tridentinos”.

Siguiendo a Vito Curzio, nos encontramos con numeroso Hermanos que contribuyeron a dar forma a nuestra Congregación, a definir su espiritualidad, y a darle  su propia identidad. Conocemos a San Gerardo Maiella, su vida y escritos, como conocemos también al Hermano Francesco Tartaglione, cuyos esfuerzos sobrehumanos están acreditados con la consecución de la primera Regla redentorista aprobada. Hay que allegarse a los libros escritos por San Alfonso,  que se imprimieron y se vendieron, a fin de nutrir a los cohermanos y a la creciente Congregación. Siempre que se enviaron misioneros para iniciar una misión en tierras extranjeras, hubo también siempre Hermanos en aquellos equipos pioneros. Entre el último grupo de mártires españoles beatificados se halla también un Hermano Redentorista. La lista de Hermanos y su contribución a hacer de los Redentoristas lo que hoy día somos sigue y sigue adelante.

El propio San Alfonso tuvo problemas con la presencia de Hermanos en la Congregación. De la lectura de sus escritos deducimos que estos problemas se debieron  principalmente a la estructura social de su tiempo. Él siempre se refirió a los Hermanos como “mis hermanos”, pero vio que su papel en la Congregación era de “servicio y trabajo”, de crecimiento en las virtudes de la humildad, de la obediencia, de la paciencia y, por supuesto, el de evitar toda forma de orgullo. Alfonso vio a los Hermanos en pie de igualdad con los Sacerdotes, pero esta igualdad llevaba para él, sin duda alguna, el sello propio del carácter específico que su tiempo otorgaba a esta igualdad. Se cuenta la historia de un novicio Hermano que, mientras lavaba los platos con Alfonso, intentó impedir que éste se manchara demasiado por lo que colocó las ollas más sucias lejos de Alfonso. Cuenta el relato que Alfonso le dijo al Hermano novicio: “¿Crees que yo soy, quizá, mejor que tú?”.

Si hoy nos oponemos a la presencia de los Hermanos en la Congregación, puede que se deba a que no hemos captado enteramente el significado de la misión, la de continuar a Jesucristo Redentor predicando la Buena Nueva a los pobres y abandonados, eligiendo libremente los votos de pobreza, castidad y obediencia; es decir, la vida consagrada. En ninguna parte se dice hoy, ni siquiera implícitamente, que alguien deba ordenarse para responder a esta llamada. Ciertamente, la ordenación permitirá llevar a cabo determinadas tareas “sacramentales” asociadas al sacerdocio; una realidad suficiente pero no necesaria para la vida consagrada. Nuestra vocación misionera a evangelizar, a salir a las periferias para buscar a los marginados y abandonados, es una llamada que se hace no sólo a los ordenados, sino a todos los bautizados. Por tanto, la llamada a ser Redentorista no es una invitación a un  “trabajo” particular, sino, más bien, una llamada a un modo particular de estar en  MISIÓN en nuestro mundo de hoy; siempre prontos y disponibles para asumir lo que dicha misión exige, dispuestos a asumir el mutuo compartir en el misterio de Cristo y a llevar a la gente la  Buena Nueva de la abundante redención.

Para concluir

Terminemos nuestra reflexión unidos en comunión con nuestros hermanos y hermanas y oremos con las palabras que cientos de millones de devotos dirigen a Nuestra Señora  desde los orígenes de la devoción a su Icono:

Oh Señor Jesucristo, que nos diste a Tu Madre María, cuya insigne imagen veneramos como Madre siempre pronta a ayudarnos, concédenos, te rogamos, que quienes constantemente imploramos su maternal ayuda merezcamos disfrutar eternamente de los frutos de tu redención. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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UN CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR  – Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. ).

Esta edición fue preparada por Jeffrey Rolle, CSsR –

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Traducción del inglés:  P. Porfirio Tejera CSSR

UN SOLO CUERPO: LA ORACIÓN Y EL ICONO DEL PERPETUO SOCORRO

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Apóstol  de Oración constante

San Alfonso Mª de Liguori en su libro “Visitas al Santísimo”, en la primera reflexión, “Jesús, fuente de todo bien”, dice: “¡Santo Dios! Preguntan, Jesús Sacramentado, qué se hace en tu presencia o qué no se hace. Mas yo digo: y ¿qué clase de bien deja de hacerse? Se ama, se alaba, se agradece, se piden gracias. ¿Qué hace un pobre en presencia de un rico? ¿Qué un enfermo delante del médico? ¿Qué un sediento a la vista de una fuente cristalina? ¿Qué un hambriento, en fin, ante un espléndido banquete?”

Enumera diversas formas de hablar con Dios: Oración amorosa, oración de alabanza, oración de agradecimiento, oración de acción de gracias. Todas  parten de dos presupuestos: De un Dios poderoso y  misericordioso y de la limitación y pobreza del ser humano. Por condescendencia de Dios se entabla una amistad entre el Creador y la criatura. Santa Teresa de Jesús decía: “A mi parecer no es otra cosa la oración sino tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama” (Vida Cap. 8, nº 5).

La oración es, ante todo, un don de Dios misericordioso que nos trata como amigos, sin que nosotros hayamos puesto nada de nuestra parte para merecerlo. Se pone a nuestra disposición, pierde su tiempo para atendernos en nuestras necesidades, e incluso, en nuestros caprichos y escuchar nuestras quejas y desahogos.

La oración no se limita a hablar con Dios, es silencio para escuchar a Dios.  Y hay muchos intereses materiales en nuestro corazón que obstaculizan la escucha. Para que la voz de Dios llegue nítida debemos limpiar nuestra  casa de preocupaciones y sentimientos egoístas. Nuestra oración puede falsificarse por ambiciones y apetencias personales y, entonces, no estamos hablando y escuchando a Dios, nos estamos hablando y escuchando a nosotros mismos.  Nos parecemos  a aquel “Lord”, acusado ante un tribunal de tenerse por Dios. Interrogado  qué razones  aducía para proclamarse Dios, contestó: “Porque cuando rezo a Dios e intento escucharlo, la voz que escucho es la mía”. ¿No nos sucede a nosotros algo parecido cuando acudimos a Dios, sin estar enteramente dispuestos a aceptar su  voluntad?

Mientras en nuestra oración no nos adentremos en la escucha de Dios  y nos limitemos sólo a exponerle un elenco de peticiones y necesidades, no estaremos preparados para escuchar al hermano. No pasaremos de contemplar su físico exterior, a contemplar lo que hay detrás de esa cara, en el interior,  donde viven los sentimientos.

Luz para mis pasos es tu Palabra

Es el momento de leer Lucas  18, 9-14: Una disposición imprescindible para  la oración  es la humildad de corazón: “¡Oh Dios ten compasión de mí, que soy un pecador!” Dedicar un tiempo  para el silencio, la reflexión y la comunicación.

Meditamos a partir de los dos protagonistas de la parábola:

El fariseo tenía muchos rincones oscuros en su vida de relación con Dios. Él solo es quien habla sin darle oportunidad a Dios. También es él mismo quien pretende ser la voz de Dios, esa voz que no puede llegar hasta su corazón, porque sus oídos están taponados por su autosuficiencia y su orgullo. La propia voz del fariseo es la que resuena en su interior.

El publicano parte del reconocimiento de su indigencia. La mirada de Dios  puede penetrar hasta su interior e iluminar los rincones oscuros. La sinceridad es quien abre el oído a la voz del Señor. No emplea muchas palabras para reconocer su situación de pecado. Son suficientes para manifestar la humildad de corazón: “Un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia” (Sal 51, 19).

¿Has cerrado tus  oídos con los tapones de la autosuficiencia del fariseo?   Destapónalos con la humildad del publicano.

Ante el Icono

Contempla el Icono y pregúntate: “¿Qué  mensaje me transmite el icono de parte de Dios?”

Basta con colocarse delante de la Virgen del Perpetuo Socorro, mirarle a los ojos para sentirse atraído por su mirada.  Una mirada que inspira confianza para desahogar los sentimientos, ya sean de alegría o de angustia. Es una  invitación a pedir su ayuda y protección. Ante esta imagen sucede lo mismo  que a los leprosos cuando Jesús pasaba cerca.  Aunque tenían prohibido acercarse a las personas sanas, la figura del maestro les arrastraba como la fuente a un sediento. Sabían que no los rechazaba, que los miraría con confianza, que se atrevería a tocarles y a devolverles la salud.

Algo parecido acontece ante el Icono. Se dan las condiciones necesarias para prorrumpir en una sincera plegaria. Es la Madre de Dios, tiene a Jesús en sus brazos: “Si quieres puedes…” ¿Tienes necesidad de curación, de un remedio para tus males? Confía en su ternura, pues Ella misma la expresa con su mirada. Con sencillez, sin necesidad de palabras, le puedes abrir el corazón. Este socorro que brinda a quien se acerca se manifiesta con tal claridad que, aún aquellos  que no son creyentes, acuden a Ella implorando su protección. Es un Icono que rebosa humanidad y consuela a cualquier hombre o mujer.

El Icono proyecta la imagen de Dios. Es el espejo donde mejor se refleja el rostro materno de Dios: Los rasgos femeninos de Dios, presentes ya en el Antiguo Testamento, aparecen en la delicadeza y dulzura  del Icono. En el profeta Oseas Dios se expresa así: “Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas; me inclinaba y les daba de comer” (11,4). Isaías dice: “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (66,13). Este es el gesto de María agarrando las manos de su Hijo, asustado ante los instrumentos de la Pasión que le presentan los ángeles. María dice a los huérfanos y personas solas y abandonadas: “Acércate,  que te ponga en mis brazos, como tengo a mi hijo”.

Si en tu interior existe inquietud por la belleza y conservas  el gusto artístico propio de la persona humana, sentirás, al fijar tu mirada en el Icono, que de él fluye una hermosura sobrenatural. Brotan destellos de luz. Si esta mirada la potencias con la Fe, entonces percibirás que las palabras del Arcángel Gabriel, en el momento de la Anunciación: “El Señor está contigo”, son una realidad casi palpable. En María estás viendo a Dios, irradia la ternura del Padre Celestial.

Bebiendo de nuestro pozo

El carisma de la Congregación es el manantial donde los redentoristas  bebemos el agua de la oración. Fundados para acudir con el alimento evangélico a los necesitados de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que se retiraba a orar, a hablar con Dios, buscamos en la oración nuestro propio sustento y el pan que compartimos.

El redentorista, ya desde el comienzo del Instituto, dedica parte de su vida a la contemplación de los Misterios de Salvación. Aquellos, cuya forma de vida ha sido la entrega generosa y sacrificada a los necesitados, buscaron la fuerza y generosidad en el trato confiado con el Señor, en el silencio del convento, y han hecho de su celda un oratorio. El estudio y la composición de sus predicaciones han sido elaboradas en diálogo con Jesucristo, maestro y amigo confidencial.

La necesidad de la oración es un absoluto para el creyente, aunque la manera de orar reviste diversas formas. Entre los redentoristas se han practicado de un modo más frecuente: La meditación, la Eucaristía y amor a Jesús Sacramentado, el Viacrucis, el Rosario y las demás devociones a la Virgen María. Estas devociones vienen desde el fundador que las vivió con fervor, les dio realce, las predicó. Escribió libros que las facilitaban y las recomendó a los asistentes a las predicaciones misionales, como medios de perseverancia en la amistad con Dios.

San Alfonso, de tantos libros  como escribió, al que consideraba más adecuado para que los fieles alcanzasen la salvación, es el “Gran medio de la oración”. Él mismo afirmó: “Si estuviera a mi alcance, imprimiría tantos ejemplares como cristianos hay en el mundo, y pondría un ejemplar en las manos de cada uno”.

Las Constituciones hoy

La oración es imprescindible en la vida comunitaria y en la vida personal. La constitución 26 dice: “Los congregados hagan suya incesantemente  la recomendación del Señor: “Es preciso orar siempre sin desfallecer” Lc 18, 1.  Cita Hechos 1,14 y 2,42 para ponernos como modelos de oración a los apóstoles que acudían asiduamente  a la fracción del pan y a las oraciones y perseveraban en la oración con un mismo espíritu junto con María, la Madre de Jesús.

Esta insistencia de las Constituciones  en la oración es asumida por todo redentorista, ya desde el noviciado. Ninguno cuestiona la necesidad de la oración en cuanto a la teoría. El problema surge y con fuerza, a la hora de ponerla en práctica.

La mayor dificultad es la diversidad de actividades asumidas por la comunidad y personalmente. La oración comunitaria puede verse reducida  a la participación de solo parte de sus miembros. Por un lado la misma comunidad no ha conseguido adaptar los horarios para que todos puedan participar. Por otro lado algunos miembros han aceptado compromisos  personales que interfieren con la hora de la oración comunitaria.

La oración comunitaria y la oración personal se apoyan, o mejor, se alimentan mutuamente. La comunitaria, sin la vivencia personal del contacto directo y previo con Dios, se limita a un recitado del oficio divino, sin vivencia interior. Será  una oración impuesta, como una obligación rutinaria y, a veces, molesta. Partiendo de este estado de ánimo cualquier motivo es suficiente para dejarla. Se encontrarán fácilmente excusas y justificantes para no asistir.

La oración de la comunidad, cuyos componentes no están en unión con Dios, se parece a la carreta que va llena de cántaros vacíos. Hace mucho ruido, pero sin contenido.

La oración comunitaria es aliento vital de la comunidad. Una comunidad  que prescinde de la oración está cortando la corriente del oxígeno necesario para que la comunidad viva  unida, mantenga su opción preferencial por los necesitados y consiga que entre todos los miembros haya comprensión, perdón, solidaridad y amor. La ayuda mutua que, a veces, puede resultar sacrificada encontrará el apoyo necesario en la oración comunitaria.

Las formas de practicar la oración han evolucionado positivamente y se han enriquecido con aportaciones de vivencias evangélicas de unos y otros cohermanos y en el contacto con otras congregaciones. Estas prácticas oracionales que han ido sustituyendo a las tradicionales, trayéndoles nueva fuerza, nos sirven para mejorar nuestra oración personal y comunitaria. También para celebrarlas y vivirlas con los fieles.

Conclusión

Podemos terminar esta reflexión con una oración delante del Icono de la Virgen del Perpetuo Socorro:

Con nuestra mirada puesta en tu imagen,

te pedimos, Madre buena, que nos enseñes a hablar con Dios;

algo así como tú hacías al hablar con tu Hijo.

Sácanos primero de la prisión de nuestros egoísmos,

de nuestros intereses particulares y prejuicios.

Nos perdemos en el hacer y en el planificar.

A veces olvidamos nuestro ser de redentoristas,

porque hemos prescindido del silencio,

de la conversación tranquila y sosegada con Dios.

Sabemos que Dios se sirve de nuestros deseos,

que, a pesar de nuestras dudas y oscuridades,

intentan ser fieles a la vocación de atender a los pobres

y que tú sostienes con tu Perpetuo Socorro.

Dios es quien nos ha convocado a vivir en comunidad.

Jesucristo cuenta con nosotros

para continuar su misión evangelizadora.

En el niño asustado que tienes en tus brazos

nos muestras el rostro de los niños hambrientos,

de las niñas violadas, de los condenados a trabajos forzados

y privados de sus derechos.

Ayúdanos a liberarlos de esas esclavitudes,

sanarlos y acercarlos a Jesús.

Él es nuestro maestro y guía.

Prometemos seguir tu consejo:

“Haced lo que Él os diga”.

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UN SOLO CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR  – Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.  ).

Esta edición fue preparada por: Alberto Eseverri CSsR –  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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