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Profesionalizando la elección de seguir al Redentor a través de la actualización del saber humano y teológico en función de la Proclamación del Reino.

LOS REDENTORISTAS.

 

PRIMER TIEMPO:
DON ARTEMIO,
EL CORAZÓN
Y EL PENSAMIENTO...

Siempre fue fantástico escuchar la historia de la creación. Incontables mezclas de colores y formas se reproducen en mi mente con tan maravilloso relato. Pero eso sí, ninguna versión mejor que la de Don Artemio, el hombre más viejo entre los viejos del pueblo, que a fuerza de fumar, pretendía evitar la molesta presencia de los mosquitos en su casa, la misma que cada tarde nos acogía, para hacer nuestras las mejores aventuras jamás contadas.

A diario peleábamos por los puestos junto al viejo Artemio, como si fuera posible que, entre más cerca, las historias fueran todavía más reveladoras y fascinantes. Un día, con la pausa natural de quien se lleva el cigarro a la boca, nos preguntó ¿Sabían ustedes que Dios creó al hombre? Intempestivamente respondimos dando santo y seña de lo apenas contado la tarde anterior. En medio del alboroto se sobrepuso con su característica voz  y dijo–Síííí, Sí. Pero lo que seguramente no saben es que cuando Dios creó al hombre le colocó en su corazón y en su pensamiento algo de lo más fabuloso que Él es. Súbitamente todos guardamos silencio, entre tanto, por mi mente cruzaban abundantes ideas como respuesta al inquietante planteamiento. Don Artemio sonreía disfrutando el cigarro en su silla mecedora, mientras el humo exhalado le velaba rítmicamente el rostro. Su miraba, que iba y venía, daba cuenta de cómo nuestra imaginación había picado nuevamente el anzuelo. Y fue entonces que comenzó la historia:

Al principio, cuando Dios había terminado de hacer las cosas, se ocupó con sumo cuidado de diseñar y construir el corazón y el pensamiento humano. Sin duda esto era lo que más tiempo y calma requería. Tratándose de corazón y pensamiento al Señor le pareció que ningún detalle debía escaparse de su mano. Así, trabajó y trabajó largas jornadas hasta que la obra quedó terminada. La contempló un buen  rato, y profundamente conmovido, reconociendo que la libertad humana, como parte de su estructura, bien podía causarles repentinamente un fallo, decidió que todo ser humano tuviera la capacidad de reparar el corazón y el pensamiento de los otros. Y con toda esplendidez añadió: pero solo de vez en cuando proporcionaré a alguno la aptitud de dejarlos como nuevos.

¿Pero quienes serían los elegidos para tan encomiable labor? Hasta ese momento solo el ingenio de Dios era capaz de hacer nuevo tanto corazón como pensamiento. Tras su pregunta Don Artemio quedó en silencio, en cada bocanada su cigarro se encendía al rojo vivo. Luego, paró el vaivén de la silla y prosiguió casi en susurro: Yo conocí a uno de estos elegidos. Son hombres y mujeres realmente fuera de serie. En sus primeros años parecen como todos nosotros, pero conforme van madurando, y sobre todo, haciéndose conscientes de su don, se vuelven poco a poco extraordinarios. Y quien no, si atesoran la más grande característica de Dios: la creatividad.

CONTINUARÁ…

 

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